DONDE ME LLEVEN LOS CABALLOS: MONGOLIA ENTRE NÓMADES

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)

En 2004 fuí parte de una aventura ecuestre sin igual: viajé 500 kmts a caballo durante 20 días a través del norte de Mongolia hasta la frontera con la Siberia rusa. Antiguo territorio de Ghenghis Kan, hoy habitado por nómades. Explorando paisajes, aprendiendo su cultura, compartiendo vivencias. 

CAPÍTULO 1.  UNA CIUDAD DE CONTRASTES: ULAN BATOR

Llegar hasta Ulan Bator capitalde Mongolia es una travesía, tras una escala de 14 horas en el Sheremetyevo, el famoso aeropuerto de Moscú donde residen de forma presidiaria indocumentados de los varios países algo-kistán. Ese aeropuerto tiene personas viviendo adentro; durmiendo en colchones en sus corredores, mendigando, esperando la hora del el almuerzo y cena que les dan gratis y en las piletas de los baños exhiben coreografías contorsionistas para lavarse el cuerpo. Después de eso subir al Aeroflot de hélice para cruzar la Siberia hasta Ulan Bator... anhelaba mi plan del tren Transiberiano que tuve que abandonar para dejar a mi familia tranquila. “Si me vieran en este tractor con alas…”

La llegada a Ulan Bator fue accidentada: me instalé en el hotel, me preparé el mate y salí a caminar. Me atacaron cinco jóvenes mongoles, una trompada en la nariz y me arrastraron unos metros con un brazo pasado por el cuello. Luché, corcovié, manotié, bellaquié…y zafé. Mi socio Kent Madin (cowboy de Montana, actor de los avisos de Marlboro, consul honorario americano en Mongolia y mi anfitrión) armó tal revuelo que apresaron a medio Ulan Bator para que yo identificara. Y entonces sí que tuve problemas: para una occidental como yo diferenciar caras asiáticas es más complicado que pellizcar vidrio!

Hacía 10 años que Mongolia había salido del régimen soviético, se ven muchos edificios mono-blocks de apartamentos cuadrados de ventanas chiquitas. Y de vecino tienen unos rascacielos inteligentes de vidrio que trajo la apertura comercial con China. Y el otro vecino está en un terreno baldío con un gher (carpa tradicional) y sus ovejas, gallinas, y algún caballo (como deseaba ir a ver los caballos!).

El tránsito es demencial: los semáforos algo que ellos eligen ignorar, autos contramano, bocinazos, frenadas, aceleradas. Sin reglas.

Los templos budistas son de verdad hermosos, con niños vestidos de naranja que se codean y ríen de los visitantes que entrábamos a verlos. La gente es amistosísima. Su hospitalidad es parte de su cultura: ellos deben compartir. Si en la calle sacas unas galletita alguien se sienta a tu lado y te mira: debes convidar. Así me sentaba a descansar y me ofrecían frutas, té de jengibre, pan y a cambio yo ofrecía Beldents, barritas de cereales, cigarrillos. Cómo disfruté eso! Cuántos intercambios bizarros.

Un par de días en la capital y ya me sentía como en casa, tan diferente sin embargo me sentía tan a gusto.