Cap. 2 Visita a los Przewalski

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)

 

Antes de salir de  travesía a caballo quería conocer los últimos caballos prehistóricos: los Przewalski: caballos gruesos, rústicos, de pelos bayos y gateados con la raya en el lomo, las patas acebradas, crines cortas y paradas, hocico de burro, 1, 45 de alzada, pecho ancho, huesudos y fuertes.

Fuí a Hustain Nuruu, un parque nacional únicamente dedicado a la preservación del caballo prehistórico Przewalski. Me recibió Jagaa una chica que en ese entonces tenía mi edad (25 años). Me abrazó fuerte y muy entusiasmada me llevó al salón donde se exponía la experiencia de reintroducción de esta especie casi extinta a Mongolia. A principios de los 90 el gobierno mongol llevó adelante este proyecto de reintroducción de przewalskis en la reserva trayendo ejemplares de distintos zoológicos del mundo....Y recordé al instante ver estos caballitos en el zoo de Villa Dolores cuando era niña: Uruguay había mandado esos dos. Volvieron a Mongolia y allí estaban!…o quizás sus hijos. Uruguayos somos invitados de honor en el Hustain Nuruu National Park.

La reserva tenía en ese momento 161 cabezas, se agrupaban en manadas de 10-16 yeguas por padrillo y había varios grupos de padrillos solteros. Ese año habían nacido 30 potrillos pero muerto 10, muchos de ellos mueren cuando un nuevo padrillo destierra un viejo padrillo.

Caminamos un buen rato hasta que encontramos una manada pastando, entonces Jagaa me dijo que tuviera cuidado porque los padrillos salvajes eran muy territoriales y podían venir a atacarnos si nos acercábamos sin permiso. Así que me senté a esperar...Y se empezaron a arrimar. Sus cabezas en el suelo comiendo, todos de frente orientados hacia nosotros, las orejas inquietas se movían estudiándonos. Cuando estaban tan cerca que escuchábamos el ruido de los resoplos y la arrancada de pasto el padrillo hizo su movida táctica. Camlnó y se posicionó entre las yeguas y nosotras, nos miró de frente y se puso a pastar. Se fue acercando, hasta unos 20 metros. Una de las yeguas quizo arrimarse, pero él no la dejó, la mandó para atrás. Podía verle las rayas acebradas y escucharlo arrancar el pasto. La guía estaba congelada, me hacía señas porque no era seguro hablar. Para mí, joven e inconsciente creía que no había peligro: siempre acostumbrada a los caballos domésticos no comprendí que estos eran salvajes…salvajes de verdad. Me levanté despacio, me adelanté unos pasos y le saqué una foto. Jagaar me miraba agrandando los ojos, levantando las cejas y diciendo no con la cabeza, ella no acreditaba mi coraje, y yo no entendía su asombro. A la vuelta caminando conversamos mucho de caballos, no podría especificar en qué idioma…
La despedida de Jagaar jamás la olvidaré, fue la primera y por eso me impresionó, después ya te acostumbras a que las personas en Mongolia te despidan con una mirada intensa, un abrazo apretado y ojos emocionados como amigos de toda la vida.