Cap 9. Mongólicos

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)

Los días pasaban, y ya habíamos perdido la noción del tiempo y por momentos hasta del espacio. Parecía que nuestras vidas eran solamente los lomos de esos caballos mongoles, las pocas pertenencias que llevábamos y ese valle inmenso. Los bordes de ese Universo eran las majestuosas montañas de Siberia que se veían en todos los puntos cardinales bordeando el Valle Darhat. 

Ya nadie hablaba de su país, poco de las familias y era de mala educación hablar sobre el trabajo. Estábamos viviendo en el Presente. Sin planificación, sin preguntar a qué hora salimos, ni cuándo llegamos, ni a dónde vamos...todos simplemente íbamos, juntos, siendo: los paisajes increíbles, los aullidos de los lobos en la noche, los arcoiris más brillantes del mundo, la hospitalidad sin límite de los mongoles, la adaptación del hombre en la naturaleza extrema, la fiereza de los herederos de Ghenghis Khan. El paso de los caballos nos llevaba casi adormecidos, los galopes tendidos nos despertaban por un rato. El cansancio de días acumulado, la sensación de estar en otra realidad y la tontera generalizada de un grupo de humanos conviviendo tantos días…parecíamos drogados: miles de bromas bobas, complicidad, risas. Creí deducir que de ese estado venía el término "mongólico" y orgullosamente lo transitaba. Hoy recuerdo esa reflexión, y evidencio en ese razonamiento de pobre lógica, que mi razón estaba falta de práctica, pero mi corazón rebozante de claridad.

"Un frente frío se aproxima, esta noche necesitamos acampar dentro del bosque". Sentí angustia porque tenía ya puesto todo el abrigo que llevaba. Me acosté en mi carpa, preocupada por el frío, con variados artículos prestados de mis colegas que intentaron ayudarme. 
A la mañana siguiente, abro  mi carpa y veo el bosque de pinos cubierto por una capa de nieve tan gruesa que no se veía el suelo. 

Los caballos pisaban doble: una primer pisada suave hasta donde terminaba la nieve y tanteaban el suelo, y una segunda pisada con firmeza hasta suelo. Podían detectar una rama caída, una piedra o un pozo. Los ví rascar la nieve con las manos para encontrar pasto debajo, correr la nieve con el hocico para tomar agua. Los ví saltar una cañada que no se veía. Tuvimos que dejar que ellos encontraran el trillo que no se veía, caminando hasta los garrones en nieve...kilómetros y kilómetros, dos días de viaje blanco, el sonido del paso doble de los caballos en la nieve; los hermanos Nim-Huu y Nim-Dallah cantaban con voces graves que hacían un icreíble eco en las montañas, con nostalgia porque ya estábamos llegando a destino.