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Cap. 3 Preparando la Expedición: Kovsgol

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)


Kent Madin, propietario de Boojum Expeditions, actor de Marlboro y aventurero profesional me encomienda: "decile al grupo que al aterrizar recuerden tomar su equipaje, en este vuelo no hay azafatas", se acomodó su sombrero de cowboy sobre el rostro, estiró su metronoventa de estatura y se durmió.

Una nueva aventura aérea de la mano de Aeroflot: íbamos desde Ulan Bator hasta Kathgal en la provincia de Kovsgol al norte de Mongolia: motor de hélices, asientos de plástico apoyados en el piso, montañas que parecían que se nos venían encima, ni un cinturón de seguridad a la vista, la puerta de emergencia atada con alambres. De entre medio de las montañas aparece una pista de balastro, y gente de campo acodada al alambrado, con sus vestimentas típicas y caballos, rodeaban la pista. Era el evento del mes: la llegada del avión.

Cuatro horas en barco cruzando el gigantesco Lago Kovsgol hasta Jigleg Pass, nuestro campamento base. Un lugar paisajísticamente imponente, con un lago de un color azul tan intenso, de fondo unas montañas majestuosas y una pradera increíble con los caballos (al fin!) que nos acompañarían los próximos días.

Conocí a los hermanos Nim-Huu y Nim-Dalaa de 20 y 22 años, los baqueanos, peones y encargados de los caballos. Tiré mi bolso y salí con ellos a ver los caballos: mi socio Kent les había contado que yo realizaba cabalgatas en las playas de America del Sur, y me esperaban como si fuera una estrella de rock. Los caballos a primera impresión eran unos petizos peludos, todos se veían muy sanos y muy rústicos. Estaba deseando probar a los compañeros de Ghenghis Kan, moría de ganas de salir YA!

Los mongoles son excelente jinetes, y sus caballos para el estándar occidental están a medio domar. Se amansan únicamente del lado de subir, y usan una rienda sola: la izquierda. Así para frenar doblas a la izquierda y hasta un pequeño círculo hay que hacer, y para girar a la derecha doblas a la izquierda en círculo hasta quedar mirando a donde querías ir. Al principio cuesta adaptarse, pero los caballos ayudan y se transforma en algo que te saca una sonrisa cada vez!  De embocadura usan filete entero, sin articulación y las monturas son de madera ya que ellos montan con los estribos muy largos van practicamente parados. 

Esa primera noche en mi carpa no podía dormir pensando cómo sería el resto del viaje, los 500 kmts en 20 días que teníamos por delante. Cómo me entendería con el tordillo jóven que me habían asignado, y otra vez cómo habíamos podido "conversar" por horas de caballos con los hermanos en quiensabequé idioma.


Cap 4. De travesía

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)


A que hora tenemos que estar listos para salir? Esa era la pregunta más repetida desde la cena. "A las 10" era la respuesta. Una respuesta que durante 20 días fue la misma sin importar en qué hora vivíamos. Con el correr de los días llegué a entender que para calmar los espíritus occidentales que deben tener un horario de salida era mejor decir "a las 10" que la verdad: salíamos cuando estábamos listos para salir, así de simple. Llegó un momento que ya nadie se acordaba ni de días, mucho menos de horarios, todo sucedía cuando tenía que ser. Cuando teníamos hambre comíamos y cuando moríamos de sueño dormíamos, y el grupo se fue amoldando de a poco y todos nos levantábamos casi a la misma hora, tanto que ya nadie preguntaba ni la hora, ni el día, solo decíamos: sucederá a las 10 y eso nos hacía destornillarnos de risa.

El primer tramo de la cabalgata fue cruzar por la ladera de las montañas del norte de Mongolia, en la provincia de Kovsgol desde la orilla del lago hasta el Valle Darhat. Atravesamos montes de pinos e innumerables arroyos de deshielo de ese celeste frío, con cantos rodados. Me sentía más como en Montana que otra cosa. Pero cuando miraba a mi lado y veía a los hermanos Nim-Huu y Nim Dala, los baqueanos de la expedición, con su saco largo típico, esas facciones orientales, sus caras rojas del sol, ahí empezaba a caer en la cuenta que sí estaba del otro lado del planeta viviendo la aventura más lejana y exótica que jamás pudiera imaginar...y aún así me parecía surreal, porque me asombraba lo a gusto que me sentía.

Toda la primera mañana transcurrió en un silencio absoluto, estábamos extasiados: cada cual felicitándose en silencio por animarse a estar allí, cada cual intentando abrir bien los ojos para no perderse de nada, cada cual conociendo su caballo asignado, escuchando los pasos y soplidos de los caballos caminando entre las ramas, pisando piedras, chasqueando las manos con las patas, tropezando, subiendo y bajando. Cada tanto nos llegaba el sonido de una conversación entre los hermanos, en un mongol cantadito un recordatorio de dónde estábamos...por si la mente no estaba lo suficientemente embriagada con el paisaje, se agregaba el efecto de sonido.

Un camión ruso, con Michig (el gobernador de la provincia) era nuestra logística, tenía una cocina instalada en el interior, y llevaba todos nuestros bolsos, carpas, alimentos (entre ellos dos ovejas en pie), así que cuando divisábamos a lo lejos el camión...eso significaba hora del almuerzo si era mediodía, u hora de acampar si era la tarde, por lo demás lo perdíamos de vista todo el día.

La primer cena alrededor del fogón, donde compartimos por primera vez el vodka mongol, hizo de marco para ir uniendo al grupo; eso y el hecho de tener un toilette improvisado compuesto de un pozo en el suelo y una tela larga pero de solo medio metro de alto que hacía biombo nos dio suficiente material para reírnos hasta que nos dolieran los cachetes. Esto sí es viajar!