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Libre con los caballos

Escrito por valeariza 29-10-2018 en caballos. Comentarios (0)

Me encanta la gente auténtica que vive como el corazón le dicta. En esta sociedad de consumo de ritmo vertiginoso y apariencias encontrar un alma que nos inspire es una perla.  Podría cruzarme con alguien así en cualquier sitio… Pero si el lugar es exótico la experiencia se torna mística.

Existe una ubicación en Uruguay donde los caballos son libres y posan con la cabeza en alto, el viento revolviendo  las crines largas,  mirándote directo a los ojos sin sentirse menos, conviven en manada de forma natural y no “trabajan”. No necesitan “servir para algo” para ser dignos de vivir ahí, sólo alcanza con ser caballo.

El Santuario Equino Villa Serrana tiene unas 100 hectáreas para pastar y sociabilizar, con arroyos y manantiales naturales para beber y refrescarse, con monte nativo para refugiarse del calor o las tormentas. Allí conviven unos 30 caballos rescatados del maltrato y el abandono, junto a otros privilegiados que sus dueños deciden alojar. Hay uno ciego, algunos muy viejos, una yegua rescatada de un carro de Montevideo, varios abandonados, algunos que iban al matadero y fueron salvados y muchos muchos abusados o maltratados. Hay potrancas y potrillos hijos de: hijo de aquella rescatada, hija de este con aquel, huérfano de una que una vez. Los más veteranos están en una manada junto a los potrillos y potrancas, para darles tranquilidad, educación social y estabilidad. Los jóvenes y adultos están en otra manada y viven su vida en completa paz, armonía con las sierras y sabiduría natural. De todo esto te enteras, porque ellos no viven allí solos.

Viven con un humano treintañero domador racional que utiliza métodos sin violencia. Los caballos son su pasión y su forma de vida. A dos segundos de conocerlo impresiona  su calma y suavidad para tratarlos. Posee una amabilidad extrema que brinda por igual a humanos y caballos, aún cuando los primeros pueden etiquetarlo de radical y los segundos podrían quitarle la vida.

Domar y rehabilitar caballos traumatizados es peligroso. Los caballos son temerosos por naturaleza y tienen un fuerte instinto de defensa y huída que sumado a sus 500 kgs los hace capaces de pechar, manotear, aplastar, patear y morder hasta marcar, lastimar, quebrar o matar. Esto explica porqué muchos humanos que trabajan con caballos tienen una actitud defensiva, agresiva o dominante ya que la adrenalina corre por sus venas para mantenerse alerta y poder esquivar cualquier reacción del caballo. Son pocos los profesionales del caballo que he  visto trabajar de forma asertiva,  con calma, serenidad  y un nivel de energía equilibrado. A todo esto hay que sumarle esa amabilidad, de sobra.

Él vive en su campo, entre los caballos, sin luz eléctrica ni agua corriente, luchando como El Quijote contra los molinos intentando equilibrar su economía doméstica con los gastos del Santuario: bocas para alimentar, cuentas veterinarias y el tiempo que lleva atender a tantos animales. Ninguno de los caballos que rescata o adopta son montados o trabajan. No recibe apoyo económico de ninguna organización. Los caballos tienen una calidad de vida envidiable gracias a su sacrificio personal cotidiano.

El Santuario recibe visitas coordinadas de personas interesadas en observar el comportamiento natural de los caballos en manada, otros que simplemente desean deleitarse con la vista de los caballos libres en las sierras, respirar un poco de aire con olor a caballo, sentarse a meditar en el campo con el ruido de los caballos pastando, o incluso aprender sobre los métodos sin violencia para el entrenamiento de caballos.

Conversando con él sobre el tiempo invertido, el trabajo y el compromiso que implica tener tantos animales a cargo me dijo en broma “soy un esclavo de los caballos” y sin embargo yo solamente lo veía esclavo de su propio nombre: Libre.

Libre López es auténtico hasta la médula: no concibe ninguna forma de violencia verbal o física, es un gaucho vegetariano, su perro es un astuto jackrussell “Ramón”, usa el pelo largo, boina y montura tejana. Sabe de fauna y flora autóctona, vivió en Estados Unidos, conoce las hierbas que crecen en su campo y las que los caballos usan como medicina natural. Sabe inglés, sabe darle inyectables a los caballos, es constructor (ecológico), es apicultor, es jardinero, sabe inspirar el amor por la naturaleza, sus caballos pueden llamarse Luna o Namasté; él no sabe de etiquetas, solo sabe ser Libre.

Las personas así, dirigidas por el corazón, alimentan mi esperanza de que el mundo puede ser un lugar mejor. Me convencen de que el hombre tiene una esencia noble, que podemos vivir en paz con la naturaleza y ubica la inútil acumulación de bienes al fondo del tacho donde pertenece si en realidad queremos ser libremente felices.

 


DONDE ME LLEVEN LOS CABALLOS: MONGOLIA ENTRE NÓMADES

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)

En 2004 fuí parte de una aventura ecuestre sin igual: viajé 500 kmts a caballo durante 20 días a través del norte de Mongolia hasta la frontera con la Siberia rusa. Antiguo territorio de Ghenghis Kan, hoy habitado por nómades. Explorando paisajes, aprendiendo su cultura, compartiendo vivencias. 

CAPÍTULO 1.  UNA CIUDAD DE CONTRASTES: ULAN BATOR

Llegar hasta Ulan Bator capitalde Mongolia es una travesía, tras una escala de 14 horas en el Sheremetyevo, el famoso aeropuerto de Moscú donde residen de forma presidiaria indocumentados de los varios países algo-kistán. Ese aeropuerto tiene personas viviendo adentro; durmiendo en colchones en sus corredores, mendigando, esperando la hora del el almuerzo y cena que les dan gratis y en las piletas de los baños exhiben coreografías contorsionistas para lavarse el cuerpo. Después de eso subir al Aeroflot de hélice para cruzar la Siberia hasta Ulan Bator... anhelaba mi plan del tren Transiberiano que tuve que abandonar para dejar a mi familia tranquila. “Si me vieran en este tractor con alas…”

La llegada a Ulan Bator fue accidentada: me instalé en el hotel, me preparé el mate y salí a caminar. Me atacaron cinco jóvenes mongoles, una trompada en la nariz y me arrastraron unos metros con un brazo pasado por el cuello. Luché, corcovié, manotié, bellaquié…y zafé. Mi socio Kent Madin (cowboy de Montana, actor de los avisos de Marlboro, consul honorario americano en Mongolia y mi anfitrión) armó tal revuelo que apresaron a medio Ulan Bator para que yo identificara. Y entonces sí que tuve problemas: para una occidental como yo diferenciar caras asiáticas es más complicado que pellizcar vidrio!

Hacía 10 años que Mongolia había salido del régimen soviético, se ven muchos edificios mono-blocks de apartamentos cuadrados de ventanas chiquitas. Y de vecino tienen unos rascacielos inteligentes de vidrio que trajo la apertura comercial con China. Y el otro vecino está en un terreno baldío con un gher (carpa tradicional) y sus ovejas, gallinas, y algún caballo (como deseaba ir a ver los caballos!).

El tránsito es demencial: los semáforos algo que ellos eligen ignorar, autos contramano, bocinazos, frenadas, aceleradas. Sin reglas.

Los templos budistas son de verdad hermosos, con niños vestidos de naranja que se codean y ríen de los visitantes que entrábamos a verlos. La gente es amistosísima. Su hospitalidad es parte de su cultura: ellos deben compartir. Si en la calle sacas unas galletita alguien se sienta a tu lado y te mira: debes convidar. Así me sentaba a descansar y me ofrecían frutas, té de jengibre, pan y a cambio yo ofrecía Beldents, barritas de cereales, cigarrillos. Cómo disfruté eso! Cuántos intercambios bizarros.

Un par de días en la capital y ya me sentía como en casa, tan diferente sin embargo me sentía tan a gusto.


Cap. 2 Visita a los Przewalski

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)

 

Antes de salir de  travesía a caballo quería conocer los últimos caballos prehistóricos: los Przewalski: caballos gruesos, rústicos, de pelos bayos y gateados con la raya en el lomo, las patas acebradas, crines cortas y paradas, hocico de burro, 1, 45 de alzada, pecho ancho, huesudos y fuertes.

Fuí a Hustain Nuruu, un parque nacional únicamente dedicado a la preservación del caballo prehistórico Przewalski. Me recibió Jagaa una chica que en ese entonces tenía mi edad (25 años). Me abrazó fuerte y muy entusiasmada me llevó al salón donde se exponía la experiencia de reintroducción de esta especie casi extinta a Mongolia. A principios de los 90 el gobierno mongol llevó adelante este proyecto de reintroducción de przewalskis en la reserva trayendo ejemplares de distintos zoológicos del mundo....Y recordé al instante ver estos caballitos en el zoo de Villa Dolores cuando era niña: Uruguay había mandado esos dos. Volvieron a Mongolia y allí estaban!…o quizás sus hijos. Uruguayos somos invitados de honor en el Hustain Nuruu National Park.

La reserva tenía en ese momento 161 cabezas, se agrupaban en manadas de 10-16 yeguas por padrillo y había varios grupos de padrillos solteros. Ese año habían nacido 30 potrillos pero muerto 10, muchos de ellos mueren cuando un nuevo padrillo destierra un viejo padrillo.

Caminamos un buen rato hasta que encontramos una manada pastando, entonces Jagaa me dijo que tuviera cuidado porque los padrillos salvajes eran muy territoriales y podían venir a atacarnos si nos acercábamos sin permiso. Así que me senté a esperar...Y se empezaron a arrimar. Sus cabezas en el suelo comiendo, todos de frente orientados hacia nosotros, las orejas inquietas se movían estudiándonos. Cuando estaban tan cerca que escuchábamos el ruido de los resoplos y la arrancada de pasto el padrillo hizo su movida táctica. Camlnó y se posicionó entre las yeguas y nosotras, nos miró de frente y se puso a pastar. Se fue acercando, hasta unos 20 metros. Una de las yeguas quizo arrimarse, pero él no la dejó, la mandó para atrás. Podía verle las rayas acebradas y escucharlo arrancar el pasto. La guía estaba congelada, me hacía señas porque no era seguro hablar. Para mí, joven e inconsciente creía que no había peligro: siempre acostumbrada a los caballos domésticos no comprendí que estos eran salvajes…salvajes de verdad. Me levanté despacio, me adelanté unos pasos y le saqué una foto. Jagaar me miraba agrandando los ojos, levantando las cejas y diciendo no con la cabeza, ella no acreditaba mi coraje, y yo no entendía su asombro. A la vuelta caminando conversamos mucho de caballos, no podría especificar en qué idioma…
La despedida de Jagaar jamás la olvidaré, fue la primera y por eso me impresionó, después ya te acostumbras a que las personas en Mongolia te despidan con una mirada intensa, un abrazo apretado y ojos emocionados como amigos de toda la vida.


Cap. 3 Preparando la Expedición: Kovsgol

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)


Kent Madin, propietario de Boojum Expeditions, actor de Marlboro y aventurero profesional me encomienda: "decile al grupo que al aterrizar recuerden tomar su equipaje, en este vuelo no hay azafatas", se acomodó su sombrero de cowboy sobre el rostro, estiró su metronoventa de estatura y se durmió.

Una nueva aventura aérea de la mano de Aeroflot: íbamos desde Ulan Bator hasta Kathgal en la provincia de Kovsgol al norte de Mongolia: motor de hélices, asientos de plástico apoyados en el piso, montañas que parecían que se nos venían encima, ni un cinturón de seguridad a la vista, la puerta de emergencia atada con alambres. De entre medio de las montañas aparece una pista de balastro, y gente de campo acodada al alambrado, con sus vestimentas típicas y caballos, rodeaban la pista. Era el evento del mes: la llegada del avión.

Cuatro horas en barco cruzando el gigantesco Lago Kovsgol hasta Jigleg Pass, nuestro campamento base. Un lugar paisajísticamente imponente, con un lago de un color azul tan intenso, de fondo unas montañas majestuosas y una pradera increíble con los caballos (al fin!) que nos acompañarían los próximos días.

Conocí a los hermanos Nim-Huu y Nim-Dalaa de 20 y 22 años, los baqueanos, peones y encargados de los caballos. Tiré mi bolso y salí con ellos a ver los caballos: mi socio Kent les había contado que yo realizaba cabalgatas en las playas de America del Sur, y me esperaban como si fuera una estrella de rock. Los caballos a primera impresión eran unos petizos peludos, todos se veían muy sanos y muy rústicos. Estaba deseando probar a los compañeros de Ghenghis Kan, moría de ganas de salir YA!

Los mongoles son excelente jinetes, y sus caballos para el estándar occidental están a medio domar. Se amansan únicamente del lado de subir, y usan una rienda sola: la izquierda. Así para frenar doblas a la izquierda y hasta un pequeño círculo hay que hacer, y para girar a la derecha doblas a la izquierda en círculo hasta quedar mirando a donde querías ir. Al principio cuesta adaptarse, pero los caballos ayudan y se transforma en algo que te saca una sonrisa cada vez!  De embocadura usan filete entero, sin articulación y las monturas son de madera ya que ellos montan con los estribos muy largos van practicamente parados. 

Esa primera noche en mi carpa no podía dormir pensando cómo sería el resto del viaje, los 500 kmts en 20 días que teníamos por delante. Cómo me entendería con el tordillo jóven que me habían asignado, y otra vez cómo habíamos podido "conversar" por horas de caballos con los hermanos en quiensabequé idioma.


Cap 4. De travesía

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)


A que hora tenemos que estar listos para salir? Esa era la pregunta más repetida desde la cena. "A las 10" era la respuesta. Una respuesta que durante 20 días fue la misma sin importar en qué hora vivíamos. Con el correr de los días llegué a entender que para calmar los espíritus occidentales que deben tener un horario de salida era mejor decir "a las 10" que la verdad: salíamos cuando estábamos listos para salir, así de simple. Llegó un momento que ya nadie se acordaba ni de días, mucho menos de horarios, todo sucedía cuando tenía que ser. Cuando teníamos hambre comíamos y cuando moríamos de sueño dormíamos, y el grupo se fue amoldando de a poco y todos nos levantábamos casi a la misma hora, tanto que ya nadie preguntaba ni la hora, ni el día, solo decíamos: sucederá a las 10 y eso nos hacía destornillarnos de risa.

El primer tramo de la cabalgata fue cruzar por la ladera de las montañas del norte de Mongolia, en la provincia de Kovsgol desde la orilla del lago hasta el Valle Darhat. Atravesamos montes de pinos e innumerables arroyos de deshielo de ese celeste frío, con cantos rodados. Me sentía más como en Montana que otra cosa. Pero cuando miraba a mi lado y veía a los hermanos Nim-Huu y Nim Dala, los baqueanos de la expedición, con su saco largo típico, esas facciones orientales, sus caras rojas del sol, ahí empezaba a caer en la cuenta que sí estaba del otro lado del planeta viviendo la aventura más lejana y exótica que jamás pudiera imaginar...y aún así me parecía surreal, porque me asombraba lo a gusto que me sentía.

Toda la primera mañana transcurrió en un silencio absoluto, estábamos extasiados: cada cual felicitándose en silencio por animarse a estar allí, cada cual intentando abrir bien los ojos para no perderse de nada, cada cual conociendo su caballo asignado, escuchando los pasos y soplidos de los caballos caminando entre las ramas, pisando piedras, chasqueando las manos con las patas, tropezando, subiendo y bajando. Cada tanto nos llegaba el sonido de una conversación entre los hermanos, en un mongol cantadito un recordatorio de dónde estábamos...por si la mente no estaba lo suficientemente embriagada con el paisaje, se agregaba el efecto de sonido.

Un camión ruso, con Michig (el gobernador de la provincia) era nuestra logística, tenía una cocina instalada en el interior, y llevaba todos nuestros bolsos, carpas, alimentos (entre ellos dos ovejas en pie), así que cuando divisábamos a lo lejos el camión...eso significaba hora del almuerzo si era mediodía, u hora de acampar si era la tarde, por lo demás lo perdíamos de vista todo el día.

La primer cena alrededor del fogón, donde compartimos por primera vez el vodka mongol, hizo de marco para ir uniendo al grupo; eso y el hecho de tener un toilette improvisado compuesto de un pozo en el suelo y una tela larga pero de solo medio metro de alto que hacía biombo nos dio suficiente material para reírnos hasta que nos dolieran los cachetes. Esto sí es viajar!