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Cap. 8 El Chamán

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballo. Comentarios (0)


Despues de un par días bajando las montañas de la Siberia, llegamos otra vez al Valle Darhat. Se avecinaban lluvias, y nos detuvimos en un refugio de madera muy amplia, que tenía una cocina enorme. Maggie, la cocinera que nos acompañó toda la aventura, estaba encantada de no tener que cocinar arriba del camión que llevaba nuestros bolsos y los víveres. Maggie y yo estábamos muy unidas. Ella me abrazaba y hasta me arrullaba, yo no podía escapar del modo fetal en el que me sumía en los brazos de aquella señora mongol que me acunaba como si yo fuera un bebé. Me cantaba con una voz tan dulce lo que me parecía serían canciones de cuna. Me hablaba como quien calma a un bebé, y para mí, estando tantos días tan lejos era un oasis. Fantaseaba que Maggie me había adoptado.

Pasamos un par de días en el refugio, algunos pescando truchas, otros jugando cartas mongol con los hermanos Nim-Huu y Nim-Dalaa, o de caminatas al costado del arroyo si paraba de llover. Vodka y cuentos de lobos y osos feroces para irnos a dormir.
Una de esas tardes salimos a pasear con Michig en el camión ruso, visitando varias familias. Así dimos con un rancho de madera que era el hogar del Chamán del lugar.

Al entrar quedamos boquiabiertos, la excentricidad sobrepasaba nuestra imaginación: el suelo tapado de alfombras, las paredes tapizadas de telas brillantes, coloridas y con estampados exóticos. Una cocina de hierro, utensilios colgados por doquier. Patas de liebres, cabezas de lobos, cráneos de vacas, dientes de quiensabequé, ramitas, plumas, ojos de ranas, moco de anguila y otros ingredientes brujeriles. No me alcanzaron los ojos, el tiempo, la mente y la edad(?) para entender la décima parte de lo que presencié ese día. El Chaman, vestido con ropajes, con flecos turquesa y bordado con figuras de animales: caballos, lobos, toros, ovejas, felinos, pájaros, osos y renos. Tenía botas de piel, un sombrero en punta con colgajos y plumas, y la cara tapada por flecos. Tocaba un "tambor" contra su cara de forma rítmica mientras entonaba cánticos, saltaba, giraba y entraba en una especie de trance. Su esposa y su hija lo ayudaban a mantener el equilibrio cada tanto, prendían cigarros y le pasaban pitadas, servían vodka y le pasaban el vaso que bajaba de un trago. Por momentos era un oso, de pronto era un ave, de golpe parecía un caballo. En un momento creí que se hizo lobo...sentí mi propia piel erizada de impresión. Y aunque estábamos todos juntos ahí adentro se sentía como si estuviéramos solos con ese ser que se transformaba en mil animales por minuto, imposible definir qué era ni a qué especie pertenecía, ni siquiera podía identificarlo con alguien del pasado, menos del presente, parecía sacado de una película del futuro apocalíptico. 

Cuando terminó su ritual, se cambió a su look cotidiano, entonces apareció como un hombre pequeño, pícaro y simpático, con el cual era posible conversar. Proveniente de una 5ta generación de chamanes, su don era la comunicación con sus ancestros, le preguntaba a los dioses de la naturaleza materializados en espíritus de animales sobre el pasado, presente y futuro. Mis Marlboro uruguayos lo fascinaron y conversé con él largo y tendido. No olvidaré jamás su mirada directa: me sentía que me leía el corazón, algunas de las cosas que me dijo me acompañan aún hoy, y su abrazo de despedida me hizo emocionar tanto que cuando volví al refugio Maggie me miró, miró la pluma que yo traía colgada de souvenir, y me abrazó un rato largo, en silencio sin preguntarme nada.


Él mis piernas, yo sus ojos.

Escrito por valeariza 09-06-2016 en equitación. Comentarios (0)


¿Alguna vez experimentaste una conexión profunda con un caballo? Recordás la sensación placentera que te provocó? Un sentimiento  inexplicable donde tu cuerpo se dejaba llevar por tu caballo, y tu caballo increíblemente parecía leer tu mente. Y cuando lo ves a la distancia hasta llegas a pensar que fue una alucinación, una visión romántica alejada de la realidad. Tengo algo que decirte: es real.

La mayoría de los caballistas -ver definición en un post viejo ;) – somos torpes para repetir esa conexión a voluntad. No sabemos cómo lograrlo, y tenemos experiencias aleatorias aisladas…que creo que son la base de nuestra adicción por los caballos!

Jumping Jack Flash alias Coqui, fue mi mejor caballo. Pura Sangre de Carreras, padrillo, bueno para salto y para adiestramiento. Muy bueno! Aunque no el más maravilloso de las pistas. Pero estábamos hechos el uno para el otro, o al menos así me sentía yo. Con él aprendí lo que es una conexión.  Cuando lo compré era el caballo de mis sueños, hermoso, grandote, sensible, inteligente, hábil…y tuerto. Su ojo derecho había volado. Esto provocaba que se asustara de ruidos y movimiento del lado derecho. También hacía que dudara un poco si abordaba el salto en diagonal sobre ese ojo, si la curva era de derecha yo tenía que mostrarle el salto con el ojo izquierdo: una maniobra complicadísima!. También hacía que tuviera unas tremendas espantadas cuando sentía un caballo venir por su derecha (vaya que tuve problemas en el picadero!) Al moverlo a la cuerda se comportaba perfectamente al girar a la derecha, y a la izquierda se volvía loco, corría y frenaba sin criterio. Y para volver de la pista a caballerizas…bueno digamos que corcoveaba todo el camino!

Empecé por la seguridad: volver del picadero necesitaba trabajar en eso! Así que comencé a llevar un cabresto a la pista y al terminar volvía de tiro. El pobre animal tendría visiones o un recuerdo satánico de ese tramo porque armaba unos berrinches tremendos…así que empecé a desviar su atención chiflando “Patience” de Guns n Roses que fue lo que se me ocurrió en el momento.  Milagro: le causó tal perplejidad que dejó de asustarse de viejos demonios, y eso lo recompensé con un “muy bien” y una caricia. Y la verdad: chiflar a mi también me calmaba. Repetimos, repetimos, repetimos…empecé a hacerlo montado. Las orejas de Coqui iban y venían, se movían como locas le llamaba tanto la atención ese sonido, que se olvidaba del demonio que bordeaba el camino! Y ese fue nuestro link.

A partir de eso el chiflido fue variando según lo grave de la situación o la intensidad de la rigidez pre-panic-attack que yo sentía en su gigantesco cuerpo. Tanto que desarrollamos un chiflido corto para traer su atención hacia mí, “Patience” silbado para pasar por algún lugar complicado, un silbido bajito para que se quedara quieto. Todos los días con constancia fuimos acordando ruiditos que nos permitían entendernos.

Cuando quise acordar ya nada lo asustaba porque al yo estar atenta a lo que se venía, le avisaba y lo calmaba con un silbido y él confiaba…y ya luego él se olvidó de asustarse y yo me olvidé de tener que avisarle todo.

Empecé a sacarlo de cabalgatas por Carrasco. El primer día nos caímos de rodillas en el asfalto al pasar sobre un lomo de burro: su mala visión no lo dejaba ver el relieve. Así que un nuevo código surgió: con mi asiento y mis manos le empecé a avisar que venía algo, hasta los cordones de la calle tenía que advertirle. Era increíble cuando llegaba al borde de la vereda como extendía las manos para tantear la calle, si no le avisaba bajaba de sopetón igualito que cuando uno se come un escalón.

Y como siempre dicen que cuando perdés un sentido desarrollas otro, él desarrolló la sensibilidad de su lomo. Algo que todos los caballos tienen en mayor o menor medida. Así, en el picadero podía ponerlo en galope y pasar al paso sin tocar las riendas y sin talonear. Solo con el asiento. Y podía hacer círculos al galope de riendas sueltas, y después pedir cambios de pie en el aire con una calma de agua de pozo. Y todo eso se sentía increíble. Y podía saltar obstáculos desde el diagonal derecho, porque yo le avisaba lo que estaba adelante con el código del lomo de burro. Y podíamos hacer Adiestramiento como los mejores, eso nos salía fácil, porque él parecía que me leía la mente. Y salíamos de cabalgatas interminables, Playa carrasco, Rambla, y silbando “Patience” cruzábamos el Puente Carrasco por la senda peatonal con los copsa haciéndonos finito y él ni si inmutaba. Y galopaba sin manospor la playa hasta Lagomar  (con los brazos extendidos a lo película!)  a un ritmo muy calmado, en  línea recta por kilómetros. Y nunca tropezamos más con un lomo de burro ni un cordón de vereda. Él era mis piernas y yo sus ojos.

Para mover a la cuerda descubrí que le daba seguridad verme parada en el centro, así que cuando su ojo ciego quedaba hacia el centro, yo le hablaba. Si paraba de hablarle se perdía y comenzaba a picar en el lugar, y a querer darse vuelta para enfocarme. Me emocionaba tanto comprobar la confianza que me tenía. Y eso llevó a que le gritara donde le gritara su nombre y desde lo lejos que estuviera, cada vez que lo llamaba él me respondía con un tremebundo relincho, tan fuerte como mi grito…. Y eso para mí era lo máximo! Confieso que lo hacía un par de veces por día, como quien se pellizca si ganó el 5 de oro.

Lamentablemente a Coqui se me lo llevó un cólico fulminante, hace ya 3 años y aún no me recupero de esa pérdida. Pero agradezco a la vida la oportunidad de haber compartido tanto con él, tanto que despertó en mi las ganas de saber más.

Y es que la conexión con tu caballo no pasa por lo que hagas, ni la secuencia de ejercicios que hagas. Pasa por desarrollar la habilidad de “sentir tu caballo”, y esa habilidad por lo general necesita de mucho entrenamiento,  dedicación y compromiso.

Ahora bien, un jinete que “siente” no trae automáticamente la conexión…faltaría el caballo, ¿no?

Y como los caballos vienen aún sin puerto USB…estaríamos necesitando algún otro mecanismo de conexión. El más antiguo, el más usado de las relaciones: la “empatía” (ponerse en el lugar del otro).  ¿Cuántas veces te pusiste en el lugar de tu caballo en una sesión? ¿Cuántas veces pensaste cómo siente un caballo durante el trabajo? ¿Cuántas veces prestaste atención a su forma de ver la realidad? ¿Cuánto, de toda la energía que le ponés a los entrenamientos, le dedicás a la motivación intelectual de tu caballo? ¿Promoves con tus prácticas esa conexión? Por ejemplo en tu última sesión con tu caballo, lo escuchaste resoplar , o soltar el aire profundamente (signos de relajación)?

Tu caballo está constantemente disponible para vos, todo el tiempo tratando de adivinar qué vas a pedir, qué vas a decidir. Y hasta te pregunta cosas: por ejemplo cuando tienden hacia la puerta solamente están preguntando “ya nos vamos?” y es que no hablan, algunos son más preguntones que otros claro! Entonces si un caballo se encuentra con una persona centrada en sí misma, que no entiende sus preguntas, que no está al tanto de su estado de ánimo, que piensa que sus expresiones son mañas que hay que ignorar…ese caballo se cierra, se pone un balde en la cabeza, queda sordo, pierde la motivación de conectarse contigo.

La conexión va en doble sentido: tú también debes escuchar a tu caballo. Ese es el mejor comienzo!