Blog de valeariza

Cap 5. Rechinlumbe

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)


Las horas a caballo pasaban en paz, a veces íbamos conversando o en silencio todos juntos, o en grupos, a veces en solitario, al paso. Cada tanto se empezaban a escuchar voces gritando "chuuuu chuuuuu chuuuuu" y entonces solo era posible una cosa: dejar que fluya, ya nada se podía hacer, el ritmo no nos pertenecía a los occidentales. Desde atrás se escuchaba el galope tendido del resto del grupo e inevitablemente mi caballo salía como una flecha por el Darhat, un valle plano como un mar inmenso pero verde. La potencia de ese galope que me empujaba con cada tranco me hacía vibrar hasta el estómago, los ojos me lloraban por la velocidad, y todos con la adrenalina corriendo por la sangre, gritando y dejando que los caballos corran literalmente a todo lo que da. De repente se acercaba un arroyo que debíamos cruzar, íbamos a miles de kilómetros por hora, éramos las saetas del valle…y aquel arroyo se arrimaba. Marcado como el trillo, justo en la orilla del arroyo comenzábamos a ver un círculo a la izquierda del camino. Ya los caballos sabían qué hacer. Venían al galope tendido y en lugar de cruzar los arroyos en esa velocidad infinita, se tiraban a la izquierda, del lado de la única rienda y entraban en el círculo, ponían al trote y cruzaban el arroyo tranquilos. Algunas risas de satisfacción, varios "wow" y muchos ruidos de humanos palmeando cuellos de caballos y caballos resoplando...Y el paso tranquilo se re-establecía solo. Hasta la próxima carrera desenfrenada. 

Los mongoles son nómades: en invierno bajan a los valles y en verano acampan más arriba en las montañas, viajan con sus ghers (carpas blancas y redondas) sus pocos muebles y sus pertenencias. Rechinlumbe es un poblado, donde algunas familias se han establecido. Tiene la principal escuela del área, donde todos los niños de la zona son pupilos: es que con 50 grados bajo cero en el invierno es imposible salir de las casas.

Esa tarde disfruté un anhelado baño con agua caliente, luego ensillé a mi tordillo A-Ha y me fui al pueblo. Encontré un almacén. Entré a comprar algunas cosas y cuando salí había un grupo de niños admirando mi bello tordillo. Allí todos los niños son de a caballo, el festival de Naadam es mundialmente conocido por ser una carrera de kilometros donde los jinetes son niños. Así que dejé que subieran y dieran una vuelta. Después les enseñé a bajarse haciendo una voltereta...eso sí era nuevo para ellos! Ahora tenía una cola de 20 niños queriendo aprender el truco. Con los brazos acalambrados de tanto jugar con ellos me volví al campamento. Esa noche dormimos en ghers. Todas las mujeres del grupo compartimos uno. A las 5 de la mañana se abrió la puerta de madera, y entró un hombre. Me asusté mucho, agarré la linterna para usarla de arma mortal. El hombre le echó leña a la estufa en el medio del gher, y salió. Hospitalidad Mongol, ya me acostumbraría a eso también. A las 7 de la mañana se abrió la puerta otra vez, 5 de los niños de la tarde anterior me miraban. Uno de ellos traía un libro, era de geografía. Lo abrió y me señaló en un mapa a Uruguay, sonrió satisfecho. Les regalé varios librillos, folletos y material que había llevado del Ministerio de Turismo sobre Uruguay para una ocasión así. Me pidieron que los siguiera. Como en esas aventuras uno duerme vestido, me levanté y salí con ellos. Me llevaron a la escuela, era verano y estaban de vacaciones pero las puertas estaban abiertas. Pusieron los folletos de Uruguay bien ordenaditos sobre un estante y dijeron: U-ru-guay.
Y yo pensaba "Mon-go-lia” wow!


Cap. 6 Riquezas

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)

Íbamos terminando de cruzar el valle Darhat, llegando a las montañas del Norte. Se veían imponentes, no imaginaba cómo sería cruzarlas a caballo, parecían una pared de piedra y nieve imposible de escalar. Hoy era el último día en el valle, mañana comenzaríamos el ascenso hacia la frontera con la Siberia rusa.

Por las mañanas, al levantarnos, los caballos siempre se habían perdido de vista. En la estepa mongol no hay alambrados, ni potreros, ni árboles. La estrategia para contener los caballos durante la noche es un cálculo mental según la cantidad de pasto disponible; eso da como resultado en cuántas horas esas panzas equinas estarán llenas antes de comenzar a caminar. Así que sueltan los caballos acorde a ese cálculo. Los hermanos miraban para un lado, miraban para el otro y salían decididos en una dirección: inequívocamente volvían a los 20 minutos con la manada completa. Los primeros días los acompañé. Después me fue designada otra tarea, una que jamás creí útil allí: preparar el mate. Los mongoles se hicieron adictos al mate, tanto que como si estuviera con cualquier paisano oriental: "nosotros vamos a buscar los caballos, vos andá preparando el mate!" Esto sí era surrealista!!! Corría mi mate de mano en mano, mongoles, el alemán, los gringos y la uruguaya...quien más quien menos se prendía aunque sea para ser parte de la ronda matutina. 

Disfruté de un lugar bastante alto en el orden de "privilegios". Los americanos habían llevado linternas, brújulas baratas y barritas de cereales...pero nada se comparaba con el éxito del mate y los Marlboro que había llevado para hacer trueques, lograba invitaciones a los ghers, conciertos de música, cantos de garganta, queso de leche de yegua, invitaciones para tomar te, vodka, arándanos, abrazos, besos, besos dobles, y muchas conversaciones en ese idioma quiensabequé. 

Esta tarde antes de cruzar la montaña, Nim-Dalaa el mayor de los hermanos, tuvo el gesto más generoso de la cultura mongol. Se bajó de su tostado parejero, y me lo ofreció. Me tiré de mi tordillo y acepté encantadísima. Pasé una tarde en silencio, nadie me hablaba por respeto, para dejarme disfrutar en paz. En los galopes desenfrenados pasaba a la delantera en un abrir y cerrar de ojos. Una cosa tan simple y sin embargo para mí fue el evento de la semana.

Pasamos la noche en el campamento de la familia de los hermanos, y fui invitada a dormir junto con los mongoles en uno de sus gher. Por dentro adornados con alfombras y telas de colores, los muebles también pintados con colores brillantes. La estufa en el medio siempre con té. Contra la pared están las camas y colchones. Y cuando hay visitas ofrecen una cena modesta hecha de algún caldo de carne de oveja y queso agrio seco. Bajan a los viejos y los niños de sus camas para que los invitados descansen mejor. De madrugada entran a ponerle leña a la estufa constantemente. Por la mañana preparan té. No preguntan mucho, no hablan demasiado pero son muy cariñosos. Y siempre se despiden con pena, como quien despide a un amigo que no verá por mucho tiempo.


Cap. 7 Los Duhaa

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)


Para los herederos de Genghis Kan las tormentas eléctricos funcionan como la kryptonita para Superman: de guerreros poderosos se transforman en cachorros asustados. Y ahí me sentía como entre mis hermanos: lo único en la vida que realmente me asusta son esos estruendos centelleantes que rajan el cielo, taladran mis oídos y me suspenden el corazón. Pero no planeaba tener que enfrentarme a mis miedos profundos, tener que cruzar el paso de piedra de una montaña en el medio de una tormenta eléctrica. Fue una de las locuras más espeluznantes que me ha tocado vivir. Veía como los rayos caían sobre esas piedras a las que me dirigía como vaca al matadero. Las crines de mi caballo paradas de punta por la estática. Las caras de terror de los hermanos Nim-Huu y Nim Dalaa hacían que quisiera que me cayera un rayo YA y terminara con esta tortura. En lo más alto, por un trillo estrecho entre las rocas, los mongoles contaron "3, 2, 1 chuuuu chuuu chuuuu" y todos entendimos que cuánto más rápido pasáramos menos chance de freírnos en la ira del cielo, así que a todo lo que daban esas patas cortas pero rápidas finalmente cruzamos...sanos y salvos. Así arrancó el día, como para despabilarme.

El resto del viaje subiendo las montañas fue tedioso. La mañana eléctrica me dejó agotada, el ascenso era por un terreno de barro, los caballos se hundían hasta los garrones. Avanzaban con dificultad lo cual nunca me había molestado antes, porque nunca había montado por 3 horas así. Tenía las rodillas entumecidas de tanto andar al paso, el asiento dormido y me sentía en low-bat. La última hora del viaje fue un sacrificio, no dába más. Entonces alguien mencionó que estábamos a 2.500 metros de altura...Ya me sirvió para poder seguir los últimos kilómetros con otra onda, la culpa es de la altura.

Encontrarme descansando adentro de la carpa del jefe Duhaa, tomando leche de reno y conversando con él, mientras unas señoras limpiaban un cuero de reno hizo que todo hubiera valido la pena. Volvía la sensación de surrealismo....cuando el hombre viejo abrió los ojos incrédulo cuando escuchó de dónde venía yo. Sabía donde estaba Uruguay, él mismo me dijo: "Sud América?". Esta gente vive totalmente aislada del mundo, un clan de 16 familias viviendo en la Siberia, bajan de la montaña en invierno y suben en verano porque los renos se alimentan de líquenes que crecen solamente allí. Se visten con pieles de reno, se alimentan de carne y leche de reno, usan las guampas del reno para todas las herramientas, y por supuesto se trasladan sobre los lomos de los renos. Estos animales andan sueltos alrededor de las carpas, muy parecidas a los teepees norteamericanos. Pero la educación del sistema ruso llegaba hasta allí, los niños Duhaa van pupilos a la escuela del valle, saben de geografía, matemática, arte e historia.

Mis caravanas de perlas andarán todavía por ahí, una anciana de mirada dulce me las pidió para su nieta recién nacida, y me ofreció a cambio un pequeño cuchillo que ella misma había hecho, con el mango de guampa de reno, tallado con dibujos de reno, en un sobre de cuero de reno: un tesoro.

Los tres días pasaron haciendo trueques, ordeñando renos, jugando con los niños carreras de renos, llevando los renos a pastar, descansando en el monte con nuestros caballos, los renos y los perros-lobo del lugar. Cortando leña, pelando cueros, conversando mucho. Los hermanos Nim-Huu y Nim Dalaa se entretuvieron enseñándome palabras en mongol, y hasta me dibujaron animales y un paisaje de la aldea Duhaa en mi diario al que le escribieron las palabras que consideraron más importantes de la vida: caballo, monte, arroyo, lluvia, sol, fuego, arcoiris, carpa, luna. Otro tesoro.


Cap. 8 El Chamán

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballo. Comentarios (0)


Despues de un par días bajando las montañas de la Siberia, llegamos otra vez al Valle Darhat. Se avecinaban lluvias, y nos detuvimos en un refugio de madera muy amplia, que tenía una cocina enorme. Maggie, la cocinera que nos acompañó toda la aventura, estaba encantada de no tener que cocinar arriba del camión que llevaba nuestros bolsos y los víveres. Maggie y yo estábamos muy unidas. Ella me abrazaba y hasta me arrullaba, yo no podía escapar del modo fetal en el que me sumía en los brazos de aquella señora mongol que me acunaba como si yo fuera un bebé. Me cantaba con una voz tan dulce lo que me parecía serían canciones de cuna. Me hablaba como quien calma a un bebé, y para mí, estando tantos días tan lejos era un oasis. Fantaseaba que Maggie me había adoptado.

Pasamos un par de días en el refugio, algunos pescando truchas, otros jugando cartas mongol con los hermanos Nim-Huu y Nim-Dalaa, o de caminatas al costado del arroyo si paraba de llover. Vodka y cuentos de lobos y osos feroces para irnos a dormir.
Una de esas tardes salimos a pasear con Michig en el camión ruso, visitando varias familias. Así dimos con un rancho de madera que era el hogar del Chamán del lugar.

Al entrar quedamos boquiabiertos, la excentricidad sobrepasaba nuestra imaginación: el suelo tapado de alfombras, las paredes tapizadas de telas brillantes, coloridas y con estampados exóticos. Una cocina de hierro, utensilios colgados por doquier. Patas de liebres, cabezas de lobos, cráneos de vacas, dientes de quiensabequé, ramitas, plumas, ojos de ranas, moco de anguila y otros ingredientes brujeriles. No me alcanzaron los ojos, el tiempo, la mente y la edad(?) para entender la décima parte de lo que presencié ese día. El Chaman, vestido con ropajes, con flecos turquesa y bordado con figuras de animales: caballos, lobos, toros, ovejas, felinos, pájaros, osos y renos. Tenía botas de piel, un sombrero en punta con colgajos y plumas, y la cara tapada por flecos. Tocaba un "tambor" contra su cara de forma rítmica mientras entonaba cánticos, saltaba, giraba y entraba en una especie de trance. Su esposa y su hija lo ayudaban a mantener el equilibrio cada tanto, prendían cigarros y le pasaban pitadas, servían vodka y le pasaban el vaso que bajaba de un trago. Por momentos era un oso, de pronto era un ave, de golpe parecía un caballo. En un momento creí que se hizo lobo...sentí mi propia piel erizada de impresión. Y aunque estábamos todos juntos ahí adentro se sentía como si estuviéramos solos con ese ser que se transformaba en mil animales por minuto, imposible definir qué era ni a qué especie pertenecía, ni siquiera podía identificarlo con alguien del pasado, menos del presente, parecía sacado de una película del futuro apocalíptico. 

Cuando terminó su ritual, se cambió a su look cotidiano, entonces apareció como un hombre pequeño, pícaro y simpático, con el cual era posible conversar. Proveniente de una 5ta generación de chamanes, su don era la comunicación con sus ancestros, le preguntaba a los dioses de la naturaleza materializados en espíritus de animales sobre el pasado, presente y futuro. Mis Marlboro uruguayos lo fascinaron y conversé con él largo y tendido. No olvidaré jamás su mirada directa: me sentía que me leía el corazón, algunas de las cosas que me dijo me acompañan aún hoy, y su abrazo de despedida me hizo emocionar tanto que cuando volví al refugio Maggie me miró, miró la pluma que yo traía colgada de souvenir, y me abrazó un rato largo, en silencio sin preguntarme nada.


Cap 9. Mongólicos

Escrito por valeariza 10-03-2017 en caballos. Comentarios (0)

Los días pasaban, y ya habíamos perdido la noción del tiempo y por momentos hasta del espacio. Parecía que nuestras vidas eran solamente los lomos de esos caballos mongoles, las pocas pertenencias que llevábamos y ese valle inmenso. Los bordes de ese Universo eran las majestuosas montañas de Siberia que se veían en todos los puntos cardinales bordeando el Valle Darhat. 

Ya nadie hablaba de su país, poco de las familias y era de mala educación hablar sobre el trabajo. Estábamos viviendo en el Presente. Sin planificación, sin preguntar a qué hora salimos, ni cuándo llegamos, ni a dónde vamos...todos simplemente íbamos, juntos, siendo: los paisajes increíbles, los aullidos de los lobos en la noche, los arcoiris más brillantes del mundo, la hospitalidad sin límite de los mongoles, la adaptación del hombre en la naturaleza extrema, la fiereza de los herederos de Ghenghis Khan. El paso de los caballos nos llevaba casi adormecidos, los galopes tendidos nos despertaban por un rato. El cansancio de días acumulado, la sensación de estar en otra realidad y la tontera generalizada de un grupo de humanos conviviendo tantos días…parecíamos drogados: miles de bromas bobas, complicidad, risas. Creí deducir que de ese estado venía el término "mongólico" y orgullosamente lo transitaba. Hoy recuerdo esa reflexión, y evidencio en ese razonamiento de pobre lógica, que mi razón estaba falta de práctica, pero mi corazón rebozante de claridad.

"Un frente frío se aproxima, esta noche necesitamos acampar dentro del bosque". Sentí angustia porque tenía ya puesto todo el abrigo que llevaba. Me acosté en mi carpa, preocupada por el frío, con variados artículos prestados de mis colegas que intentaron ayudarme. 
A la mañana siguiente, abro  mi carpa y veo el bosque de pinos cubierto por una capa de nieve tan gruesa que no se veía el suelo. 

Los caballos pisaban doble: una primer pisada suave hasta donde terminaba la nieve y tanteaban el suelo, y una segunda pisada con firmeza hasta suelo. Podían detectar una rama caída, una piedra o un pozo. Los ví rascar la nieve con las manos para encontrar pasto debajo, correr la nieve con el hocico para tomar agua. Los ví saltar una cañada que no se veía. Tuvimos que dejar que ellos encontraran el trillo que no se veía, caminando hasta los garrones en nieve...kilómetros y kilómetros, dos días de viaje blanco, el sonido del paso doble de los caballos en la nieve; los hermanos Nim-Huu y Nim-Dallah cantaban con voces graves que hacían un icreíble eco en las montañas, con nostalgia porque ya estábamos llegando a destino.