Blog de valeariza

Cap 4. De travesía


A que hora tenemos que estar listos para salir? Esa era la pregunta más repetida desde la cena. "A las 10" era la respuesta. Una respuesta que durante 20 días fue la misma sin importar en qué hora vivíamos. Con el correr de los días llegué a entender que para calmar los espíritus occidentales que deben tener un horario de salida era mejor decir "a las 10" que la verdad: salíamos cuando estábamos listos para salir, así de simple. Llegó un momento que ya nadie se acordaba ni de días, mucho menos de horarios, todo sucedía cuando tenía que ser. Cuando teníamos hambre comíamos y cuando moríamos de sueño dormíamos, y el grupo se fue amoldando de a poco y todos nos levantábamos casi a la misma hora, tanto que ya nadie preguntaba ni la hora, ni el día, solo decíamos: sucederá a las 10 y eso nos hacía destornillarnos de risa.

El primer tramo de la cabalgata fue cruzar por la ladera de las montañas del norte de Mongolia, en la provincia de Kovsgol desde la orilla del lago hasta el Valle Darhat. Atravesamos montes de pinos e innumerables arroyos de deshielo de ese celeste frío, con cantos rodados. Me sentía más como en Montana que otra cosa. Pero cuando miraba a mi lado y veía a los hermanos Nim-Huu y Nim Dala, los baqueanos de la expedición, con su saco largo típico, esas facciones orientales, sus caras rojas del sol, ahí empezaba a caer en la cuenta que sí estaba del otro lado del planeta viviendo la aventura más lejana y exótica que jamás pudiera imaginar...y aún así me parecía surreal, porque me asombraba lo a gusto que me sentía.

Toda la primera mañana transcurrió en un silencio absoluto, estábamos extasiados: cada cual felicitándose en silencio por animarse a estar allí, cada cual intentando abrir bien los ojos para no perderse de nada, cada cual conociendo su caballo asignado, escuchando los pasos y soplidos de los caballos caminando entre las ramas, pisando piedras, chasqueando las manos con las patas, tropezando, subiendo y bajando. Cada tanto nos llegaba el sonido de una conversación entre los hermanos, en un mongol cantadito un recordatorio de dónde estábamos...por si la mente no estaba lo suficientemente embriagada con el paisaje, se agregaba el efecto de sonido.

Un camión ruso, con Michig (el gobernador de la provincia) era nuestra logística, tenía una cocina instalada en el interior, y llevaba todos nuestros bolsos, carpas, alimentos (entre ellos dos ovejas en pie), así que cuando divisábamos a lo lejos el camión...eso significaba hora del almuerzo si era mediodía, u hora de acampar si era la tarde, por lo demás lo perdíamos de vista todo el día.

La primer cena alrededor del fogón, donde compartimos por primera vez el vodka mongol, hizo de marco para ir uniendo al grupo; eso y el hecho de tener un toilette improvisado compuesto de un pozo en el suelo y una tela larga pero de solo medio metro de alto que hacía biombo nos dio suficiente material para reírnos hasta que nos dolieran los cachetes. Esto sí es viajar!


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